haring-keith-heartRudolf

Nací al inicio de los años 70, como hijo de padres nuevo apostólicos. Pasé una infancia muy típica para entonces: una fuerte integración en la comunidad, participación en todas las actividades de la iglesia, mantenerse al margen o rechazar actividades extra-eclesiásticas; porque los hijos de Dios no deberían participar en todo y ser conscientes de su condición de hijos de Dios. Durante mucho tiempo eso no me importaba, al contrario, me convenía ya que no me interesaban mucho los deportes, y lo que me gustaba - leer o jugar con mi hermana - no era exactamente lo que se esperaba de un chico "de verdad". Así vivía apartado de los otros chicos de mi edad, pero eso fue compensado por una fuerte integración en la comunidad.

Con el inicio de la pubertad empezó una fase difícil, perturbadora y muy intensa en la cual la sensación de ser "distinto" comenzaba a tener una nueva forma. Entonces me di cuenta que yo no participaba en las conversaciones sobre las muchachas y estar enamorado. En cambio se desarrolló una fuerte amistad con un compañero de la escuela. Cuando me invitó a pasar las vacaciones con él y su familia, me alegré sobre manera. En algún momento de nuestra amistad me contó de su novia y cuanto la amaba, eso fue un golpe muy fuerte para mí, pero también se despertó el deseo de no ser excluido de los demás. Así traté de encontrar sentimientos - como los tenía mi amigo - para una chica simpática de mi curso, pero sin éxito. Yo lo amaba a él, pero en ese momento no lo podía entender todavía. Después me cambié de escuela y esa experiencia ya no era tan presente, pero poco a poco sentía que los hombres me atraían, que los encontraba eróticos y que movían algo en mí que yo no lograba entender.

Cuando tenía mas o menos 18 años entendí que el interés en el mismo sexo y el desinterés del sexo opuesto, se llama homosexualidad. Horrorizado rechacé esta idea: no podía ser verdad, no quería considerar esa posibilidad. Todavía me sentía incondicionalmente leal a mi iglesia, que me ofreció firmeza y la sensación de ser útil, que me ofrecía justamente esa integración que no tenía en la escuela. Lamentablemente, poco antes la iglesia se había pronunciado acerca de la homosexualidad, según la iglesia, la homosexualidad era un pecado que debía ser vencido, y al mismo tiempo una enfermedad que necesitaba terapia. Si la terapia no iba a mostrar el resultado deseado, se recomendaba - según los autores del escrito eclesiástico - practicar la abstinencia. También sin actividad sexual se podría llegar a la madurez y a una vida plena. "Armado" con esa base quería "atacar" mi situación. Vencer, eso podía ser posible, porque tenía una voluntad muy fuerte y altos ideales y estuve convencido de poder ser fuerte. Lo que no me pude imaginar, buscar un terapeuta. Me pareció espantoso revelar a una persona todos mis sentimientos más íntimos. Yo mismo trataba de convencerme que solamente era una fase, todo pasará, necesitaba paciencia y todo se solucionará.

Mientras otros jóvenes de mi edad hicieron sus primeras (y segundas etc) experiencias y tenían relaciones sentimentales, con más o menos éxito, yo me preocupaba de mis estudios y participaba en las actividades de la iglesia. En mi interior sin embargo estaba atormentado, cada tanto me enamoraba de un hombre, pero las emociones involucradas lo clasificaba de "amistad" y trataba de rechazar cualquier atracción sexual. En los años siguientes pasé varias fases de mi desarrollo, a veces pensaba que los hombres ya no me atraían tanto, y ese pensamiento hizo revivir la esperanza. Tenía el profundo deseo de ser "normal", conocer una niña, casarme, tener hijos - en pocas palabras, corresponder al ideal que se enseñó en la iglesia. Pero ninguna de las mujeres que conocí despertó en mi esos sentimientos tan deseados. A cambio, siempre conocí a hombres que me aceleraron el pulso, que me hicieron sentir cosas en el estómago, y que volvieron a aparecer en mis sueños y mis fantasías.

A veces me preguntaron si no tenía novia y siempre contestaba que mientras estudiaba no tenía tiempo, para pensar en una relación hay que tener una base económica, etc, etc. Esa estrategia funcionaba un buen tiempo, y todos encontraron que era bueno terminar primero los estudios. Además, esa estrategia me ayudó a rechazar mis propias emociones.

Después terminé mis estudios y me di cuenta que eso no podía seguir eternamente así. Todavía no podía aceptar ser homosexual, tampoco había tenido experiencia sexual - ¿a lo mejor encontraría una mujer que podía despertar sentimientos en mí? Hice un último intento desesperado de encontrar mi lado heterosexual, y contesté un aviso de contacto en la revista de la iglesia "Nuestra Familia". No resultó. Sin embargo, en algunos encuentros con mujeres simpáticas e interesantes, me di cuenta que jamás podría tener una relación con una mujer, sin un engaño interior. En ese tiempo tuve mi primera experiencia con un hombre, una experiencia inesperada y que me causó un verdadero tormento emocional. Pero este encuentro dejó muy en claro, cual era mi orientación sexual. Después seguía una fase muy complicada, la costumbre de años de no aceptar mi condición. Quería vencer la realidad, pero finalmente ganó la razón. Empecé a acostumbrarme a la idea de ser gay. Trataba de imaginar como lo podía contar a mis padres, a mis amigos, a los siervos, como iban a reaccionar, etc.

Un día tuve la valentía de dirigirme en una carta anónima al grupo Arco Iris Nuevo Apostólico. En este intercambio encontré comprensión por mi situación, comprensión que quería quedar por el momento en el anonimato, encontré también la oportunidad de escribir todo lo que tanto me afligía. Hice el descubrimiento, al aparecer banal pero tan importante, de no encontrarme sólo. Gracias a este primer paso empecé a abrirme poco a poco, leer acerca del tema, interesarme en todos los aspectos de la homosexualidad, y encontré el valor de hablar con mis padres. Fue el inicio de una fase levemente eufórica, quería "contarlo" a todo el mundo. De a poco me "confesaba" a mis amigos e hice una nueva experiencia, los verdaderos amigos no te rechazan, y los que te rechazan, no son amigos de verdad. Hice solamente experiencias positivas.

Las experiencias con la iglesia fueron más complicadas. Encontré reacciones muy diversas, tanto con los hermanos como con los portadores de ministerio. Algunos vieron el tema en el sentido estricto del antiguo testamento, que habla de vergüenza y pena de muerte. Mientras nadie defendía la posición de la pena de muerte, la posición de la vergüenza había marcado bastante la actitud. No se mostraba abiertamente el rechazo, pero tampoco se disimulaba mucho. Otros, mas moderados, mostraban compasión y hablaban de "arrepentimiento" y "volver al camino correcto", muchos creían (y todavía lo creen) que la homosexualidad es una mala costumbre de la cual solamente hay que abstenerse. Algunos me pidieron tener comprensión que algunos hermanos, especialmente los de más edad, podrían tener problemas con eso. Sin embargo, para mi y otros hermanos homosexuales muchos no querían ser comprensivos. De los siervos con cargos más elevados tampoco se escuchaba algo que correspondía a nuestra realidad, a veces se hablaba de los reglamentos internos, de la nueva posición de la iglesia frente a la homosexualidad, y a veces de los libros de Moisés. Como otros en la misma situación, tuve que aprender que no podía esperar mucha ayuda de mi iglesia. En las conversaciones con los siervos se mostraba un espectro amplio de posiciones, de la plena comprensión hasta incomprensión y prejuicios.

La discriminación y rechazo que se expresa en los textos oficiales, me hace difícil (y también a otros hermanas y hermanos gay) seguir identificado con la Iglesia Nueva Apostólica. ¿Talvez la dirección de la iglesia puede reconsiderar su posición referente al tema de la homosexualidad?

.volver