| Un siniestro prejuicio cultural |
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Por Felipe Berríos, SJ, publicado en la revista EL MERCURIO SÁBADO, 1 de Marzo, 2008 en Santiago de Chile |
El gran Leonardo Da Vinci era zurdo. Esta condición, socialmente, lo perjudicó y lo hizo blanco de habladurías y desconfianzas. Basados en estos prejuicios culturales absurdos transmitidos por siglos, la gente lo condenó moralmente atribuyéndole, entre otras cosas, que era un hereje y que estaba endemoniado. Tal vez por eso este hombre bondadoso y afable vivió ensimismado en sus pensamientos y soledad. Hasta hace no mucho los zurdos eran estigmatizados. Se entendía que su habilidad con la izquierda era un defecto o una mala costumbre, por lo que se les obligaba a escribir con la derecha. En el lenguaje común aún se usa la palabra diestro como sinónimo de alguien hábil, y la palabra siniestro como sinónimo de alguien torcido o malévolo. La presión social obligaba a los zurdos a tener que comportarse como diestros, algunos crecían negando su condición y asumiéndose como ambidiestros. La sociedad ha evolucionado y ha comprendido que ser zurdo no es un defecto, ni una opción, ni tampoco una aberración moral, sino que simplemente una condición. Quien nace con esta condición no es inferior ni superior a quien posee otra. Así, hoy el zurdo es naturalmente aceptado y se le facilita el entorno para que viva sin dificultad su condición. Similar a esto ha sucedido con la homosexualidad. Durante siglos no fue aceptada por la humanidad como una condición y se le trató como una aberración, como una enfermedad o incluso como algo moralmente condenable y que había que rechazar o "corregir". Semejante a los zurdos, los homosexuales de ambos sexos tuvieron que comportarse como si no lo fueran o incluso negarse a sí mismos su condición. Muchos, presionados socialmente, se pusieron inconscientemente "un traje que no era de su talla" y fingieron un rol y se casaron y formaron familia, otros vivieron una vida doble y algunos se suicidaron. Quizás habrá quienes inconscientemente buscaron un escape, camuflándose en la vida religiosa, el sacerdocio, el arte, el atletismo o en la carrera militar. Allí podían desarrollarse humanamente, ser reconocidos socialmente y pasar inadvertidos para ellos mismos y para la sociedad. Todo movimiento reivindicativo tiene exageraciones. Recuerdo años atrás cuando se reivindicaba con fuerza la igualdad de oportunidades de la mujer, apareció una noticia de un país europeo en que muchas mujeres protestaban porque en sus baños no había urinarios como en los baños de los hombres. Ridiculeces similares a ésa las habrá en la demanda homosexual, pero ellas no deben ser motivo para descalificar una reivindicación profunda, verdadera y necesaria. Ser homosexual o lesbiana es una condición, es como nacer diestro o zurdo. Ser homosexual o lesbiana tampoco es sinónimo de ser promiscuo, enfermo o inmoral. Esto sería tan injusto como catalogar a todos los hombres heterosexuales como machistas o infieles. Los homosexuales y lesbianas son hijos de Dios y como todos están llamados a la santitad; y Dios los quiere tal como son y está orgulloso de ellos como todo padre está orgulloso de sus hijos. Reconocer esto no significa presentar la homosexualidad como un modelo de sexualidad ni tampoco como un tercer sexo. Esto sería tan absurdo como poner urinarios en baños de mujeres para así creer que se respeta su igualdad de oportunidades. |